Por: Ignacio Negrón Oyarzo, Doctor en Neurociencia, Director del laboratorio de Neurofisiología Cognitiva; Académico del Instituto de Fisiología, Facultad de Ciencias de la Universidad de Valparaíso.
En la actual sociedad del conocimiento, la ciencia cumple un rol fundamental; prácticamente todos los aspectos de nuestras vidas están influenciados por la aplicación del conocimiento científico: la construcción de los lugares que habitamos, los medios de transporte con los cuales nos desplazamos, los alimentos que consumimos, los tratamientos a nuestras dolencias, nuestras maneras de comunicación, incluso nuestras formas de esparcimiento. Esta influencia se refleja en la opinión positiva que la población tiene sobre el conocimiento científico: de acuerdo con la “III Encuesta Nacional de Percepción Social de Ciencia, Tecnología e Innovación” llevada a cabo en el año 2023 por el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación de nuestro país, cerca del 60% de los encuestados declara un alto interés en las ciencias, y más del 80% cree que el desarrollo científico hará nuestras vidas más fáciles y cómodas en el futuro. Según la misma encuesta, más del 80% asistió a un museo o exhibición científica. Mi percepción personal va en la misma línea: a la gente le gusta la ciencia, la valora. Asiste a exhibiciones científicas, sigue a comunicadores científicos en las redes sociales, lee libros de divulgación científica, y un largo etcétera. O sea, la gente está anhelante por consumir conocimiento científico.
Una disciplina científica que tiene una especial valoración por la población es la neurociencia. A la gente le llama la atención saber cómo funciona el cerebro. Me ocurre bastante a menudo que, cuando me preguntan a qué me dedico y respondo que soy neurocientífico, instantáneamente viene una lluvia de preguntas sobre mi disciplina. Y es entendible ¿a quién no le gustaría saber cómo funciona el cerebro? Este interés por la neurociencia no sólo está arraigado en la población, sino también a nivel de distintas instituciones, donde el interés ya no es solo por curiosidad, sino que alcanza aspectos utilitarios: si sabemos cómo funciona el cerebro podremos aliviar el malestar mental, podríamos alimentarnos mejor, podremos tener un envejecimiento más saludable, y nuestros niños y adolescentes podrán aprender mejor y más fácil. De aquí nacen términos como neuroeducación, neuromarketing, neuroarte, neuroalimentación, entre otros.

Como consecuencia de este interés en la neurociencia, ocurre una paradoja llamativa: son justamente los hallazgos producidos por la neurociencia los que han sufrido una mayor distorsión y diseminación en la población, dando origen a conceptualizaciones erróneas sobre cómo funciona el cerebro. Ideas que sugieren que utilizamos solo el 10% de nuestro cerebro, o que el hemisferio cerebral izquierdo se usa para actividades que requieren lógica, mientras el derecho para aquellas que requieren creatividad (como si fueran procesos opuestos), que existen periodos críticos para el aprendizaje de ciertas habilidades, o que escuchar la música de Mozart aumenta temporalmente la inteligencia. Estas ideas erróneas sobre el funcionamiento cerebral se conocen como neuromitos, debido a que carecen de base científica sólida (es decir, no existe evidencia sólida que las respalde) y persisten en la sociedad por su aparente veracidad. Literalmente, es una mitología acerca de cómo funciona el cerebro. A menudo surgen como producto de la simplificación excesiva de información obtenida a partir de la investigación científica, o por simple malentendido (accidental o no) de esta información. Y se diseminan con facilidad debido a que muchas de estas ideas se utilizan en instancias de enseñanza; por ejemplo, se ofrecen cursos para aprender a utilizar ambos hemisferios cerebrales. Muchas veces estos cursos tienen un valor económico asociado. Ante este interés de la población por la neurociencia, ponerle “neuro” a algo parece ser una buena estrategia de mercado.
La creencia de estos conceptos erróneos puede, a simple vista, parecer inocua; cada cual es libre de creer lo que quiera. Sin embargo, un aspecto especialmente destacable es que estas ideas han permeado con fuerza dentro de las comunidades educativas. Los estudios han mostrado que, en países del primer mundo, la gran mayoría de los miembros de dichas comunidades cree en la veracidad de estos neuromitos. Un estudio reciente realizado en Chile muestra resultados similares. Se destaca de manera particular el neuromito de las inteligencias múltiples, es decir, que “las personas aprenden mejor cuando reciben la información en su estilo de aprendizaje preferido (por ejemplo, visual, auditivo o cinestésico)”. A pesar de carecer de evidencia científica, este neuromito ha influenciado de manera significativa en la comunidad educativa, a tal punto que muchos programas de enseñanza están fundados en esta idea. Entonces, surge la pregunta ¿Cuál será el efecto de la aplicación de esta idea, con aparente veracidad, pero sin fundamento científico, sobre la formación académica de nuestros jóvenes?
A partir de esta información, se presenta la siguiente reflexión: no basta solo con valorar el conocimiento y aplicarlo en políticas públicas; también se debe ser analítico sobre la veracidad, calidad y rigurosidad del conocimiento que consumimos. Y aquí aparece un elemento fundamental: el pensamiento científico, es decir, cuestionar el conocimiento bajo estándares científicos objetivos (¿el estudio se realizó de manera imparcial?), metódicos (¿se obtuvo esa información mediante un método correcto?) y rigurosos (¿cumple con los requerimientos mínimos de consistencia y reproducibilidad?). La ciencia no es solo información, es también una manera de pensar el mundo. El ejemplo de los neuromitos nos muestra que, a pesar de la alta valoración del conocimiento científico en la población y a la voluntad política de aplicar este conocimiento en políticas públicas, se podría estar cometiendo un error solo por falta de pensamiento científico. Afortunadamente, hoy en día existe una importante comunidad de comunicadores científicos que trabajan de manera profesional para tratar de desmitificar y aclarar estas ideas en nuestra sociedad. En el momento histórico actual, en donde la ciencia está siendo menospreciada y atacada a nivel global, la rigurosidad y el pensamiento científico aparecen como elementos fundamentales de una sociedad civilizada.

