Columna de Reflexión | De Archipiélagos a Ecosistema: El Desafío de Conectar la CTCI con el Territorio en la Región de Coquimbo

Por: Vilbett Briones-Labarca, PhD. Presidenta de la Sociedad Chilena de Ciencia y Tecnología de los Alimentos (SOCHITAL) y Académica Titular, Universidad de La Serena.

La Región de Coquimbo es un territorio de contrastes y oportunidades únicas, un laboratorio natural donde la escasez hídrica se encuentra con una biodiversidad excepcional y un cielo que atrae la ciencia mundial. En este escenario, nuestro ecosistema de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación (CTCI) ha florecido, pero lo ha hecho a menudo en forma de un archipiélago de excelencia.

Hemos desarrollado «islas» de conocimiento de alto impacto: centros de investigación de vanguardia en astronomía, agricultura, y ciencias del mar, junto a universidades que generan ciencia de frontera. Estas islas, lejos de ser un problema, son nuestro mayor activo. Son faros de conocimiento y especialización que han posicionado a la región en el mapa global. Mi propia experiencia, aplicando ciencia y tecnología para agregar valor a los alimentos de nuestro territorio, es un testimonio del potencial que reside en cada uno de estos núcleos.

Sin embargo, el verdadero desafío que enfrentamos hoy, y que la Estrategia Regional de Desarrollo al 2030 nos mandata a superar, es construir los puentes que unan este archipiélago. Necesitamos transformar nuestras islas de especialización en un ecosistema robusto, conectado e interdependiente. La nueva Ley de Transferencia de Tecnología y Conocimiento y la Estrategia Nacional de CTCI nos entregan las herramientas y la hoja de ruta para hacerlo, moviendo el foco desde la generación aislada de conocimiento hacia su aplicación y transferencia con propósito.

El reto es pasar de la especialización en áreas puntuales a una visión sistémica. Debemos preguntarnos: ¿Cómo la ciencia básica que se desarrolla en un centro de investigación puede resolver un problema concreto de un agricultor en el Valle del Elqui?, ¿de qué manera las tecnologías alimentarias que creamos en la universidad pueden fortalecer la oferta turística regional?, ¿Cómo el análisis de datos astronómicos puede inspirar soluciones para la gestión del agua?

Aquí, las universidades tenemos un deber ineludible. Más allá de la investigación y la docencia, nuestro rol es ser las grandes articuladoras del territorio. Debemos actuar como catalizadores que conectan las preguntas de la comunidad con las capacidades de la ciencia básica, y traducen los descubrimientos de la ciencia aplicada en innovaciones palpables para el sector productivo y la sociedad. Esto implica fomentar una cultura de colaboración real, donde la transdisciplina no sea una excepción, sino la norma.

Reflexión Final:

La próxima década en la Región de Coquimbo no será definida por la cantidad de conocimiento que generemos, sino por nuestra capacidad para tejerlo en una red de valor que responda a los desafíos locales con soluciones globales. El futuro no está en fortalecer las islas por separado, sino en la riqueza que surgirá de las corrientes de colaboración que fluyan entre ellas. Como academia y como comunidad científica, tenemos la responsabilidad y la oportunidad histórica de liderar la construcción de esos puentes, transformando nuestro archipiélago de excelencia en un próspero y resiliente ecosistema de innovación con pertinencia territorial.