Por: Karina Salas Guzmán, Gestora Tecnológica del Nodo CIV-VAL y Gerente La Brújula Incuba. Ingeniera Comercial y Magíster en Innovación Tecnológica y Emprendimiento, con más de 15 años de experiencia articulando iniciativas de emprendimiento, innovación y transferencia tecnológica para el desarrollo territorial.
El megaevento de precipitaciones que afectó a la Región de Coquimbo entre julio y agosto 2026 nos dejó una lección clara y desafiante: la ciencia puede anticipar escenarios, pero su valor para el territorio depende también de nuestra capacidad para convertir ese conocimiento en preparación, coordinación y acción.
Según el análisis realizado por el Centro Científico CEAZA (1) la ciencia fue capaz de anticipar el comportamiento del sistema frontal. Sin embargo, los propios investigadores, entre ellos el meteorólogo CEAZA, Tomás Caballero, advierten que “no basta con contar con un buen pronóstico si la preparación territorial y la respuesta institucional no avanzan al mismo nivel”. Entre los aprendizajes identificados están la necesidad de fortalecer el monitoreo, mejorar el ordenamiento territorial y conectar de manera más efectiva a los centros científicos con quienes toman decisiones.
Esta reflexión dialoga directamente con dos desafíos planteados por la nueva Estrategia Nacional de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación (CTCI): por un lado el evolucionar desde un ecosistema fragmentado hacia uno capaz de colaborar para enfrentar problemas complejos y por otro lado, el fortalecimiento de la interfaz para la transferencia de soluciones orientadas al desarrollo sostenible, haciendo un llamado a potenciar e institucionalizar a los actores y mecanismos que articulan la ciencia con las decisiones del territorio.
El cambio climático no solo está poniendo a prueba nuestra infraestructura. Está poniendo a prueba la manera en que utilizamos el conocimiento para anticiparnos, coordinarnos y responder de manera articulada. Y esa es una conversación que trasciende la emergencia.
Hoy resulta imposible hablar de biodiversidad, recursos hídricos o sistemas alimentarios como desafíos independientes. El cambio climático los conecta a todos. ¿Nuestro ecosistema CTCI también será capaz de hacerlo?
Durante años hemos fortalecido capacidades científicas, financiado investigación y promovido innovación. Todo ello ha sido fundamental. Pero quizás la próxima gran evolución no baste únicamente en generar conocimiento, sino en construir mejores mecanismos para que ese conocimiento circule, conecte capacidades y llegue a tiempo donde puede cambiar decisiones.
Después de más de una década recorriendo el ecosistema regional, tengo una convicción: el conocimiento no se mueve solo. La colaboración tampoco. Ambas requieren confianza, visión compartida y organizaciones “interfaz” capaces de conectar la ciencia con las empresas, las políticas públicas y las comunidades. Además, se requieren de espacios donde las distintas miradas puedan encontrarse antes de que la urgencia las obligue a hacerlo.
La resiliencia de nuestros territorios dependerá cada vez menos de cuánto conocimiento generemos por separado; y pasará a ser protagonizado por nuestra capacidad para convertir ese conocimiento en acción colectiva.
Si sabemos que el clima seguirá cambiando durante las próximas décadas y que la ciencia puede ayudarnos a anticipar sus efectos, la pregunta ya no es si estamos preparados para la próxima emergencia. La verdadera pregunta es: ¿Cómo tenemos que articular hoy el ecosistema CTCI que necesitarán nuestras regiones dentro de 10, 20 o 30 años?
(1) Zavala Verdugo, M. (2026, 1 de agosto). [Análisis] Megaevento de precipitaciones: científicos explican qué ocurrió y qué viene ahora. Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas (CEAZA). https://www.ceaza.cl/2026/08/01/completo-analisis-megaevento-de-precipitaciones-cientificos-explican-que-ocurrio-y-que-viene-ahora/

