Cada temporada, miles de metros de cintas de riego cumplen su ciclo en los campos agrícolas. Aunque el polietileno que las compone puede seguir en buenas condiciones; la acumulación de barro, minerales, algas y otros residuos dificulta su retiro y reciclaje. Para muchos agricultores, el resultado es un material que termina almacenado durante meses, enterrado o eliminado ante una alternativa accesible.
Ese problema es el punto de partida de RC/CR, proyecto apoyado por la Fundación para la Innovación Agraria (FIA) y ejecutado por Centro Ceres. La iniciativa desarrolla una tecnología para acondicionar cintas de riego agrícola en desuso y facilitar su reutilización, combinando diseño, tecnología y trabajo directo con agricultores de Quillota y Casablanca.
María Consuelo Pulgar, diseñadora de interacción de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV), profesional de Centro Ceres y coordinadora alterna de RC/CR, participa en el desarrollo del proyecto desde una perspectiva que va más allá del funcionamiento de la máquina. Su trabajo busca que la tecnología pueda integrarse a las prácticas, tiempos y necesidades de quienes deberán utilizarla.
¿Qué ocurre actualmente con las cintas de riego cuando terminan su vida útil?
“Tenemos un producto con una vida útil corta, de aproximadamente un año. Cuando los goteros se tapan o la cinta queda demasiado cortada, se acumula y se transforma en residuo”, explica Pulgar. Aunque el plástico puede mantenerse en buenas condiciones, su interior contiene restos que dificultan el reciclaje. “Muchos recolectores no reciben la cinta si no viene limpia o en condiciones óptimas. Eso obliga al agricultor a invertir tiempo y recursos para procesarla y, muchas veces, además pagar por su retiro”.
Para Pulgar, allí aparece un “punto ciego” entre el productor y la industria del reciclaje. “El diseño busca construir ese puente y darle valor al material desde el lugar donde se genera, considerando los recursos, los tiempos y las personas que están ahí”.
¿Por qué es tan importante validar el prototipo directamente con agricultores y agricultoras?
“En el laboratorio podemos generar un prototipo funcional, pero en terreno sabemos si esa máquina realmente se va a usar”, explica. Las diferencias entre cintas, grosores, goteros, marcas y niveles de deterioro obligan a probar la tecnología en condiciones reales. A eso se suman factores cotidianos, como el momento en que se retira la cinta, quién puede operar la máquina o cómo se almacena el material.
“No podemos imponer qué necesitan ni cómo van a operar la máquina. Es el prototipo el que debe adaptarse al usuario y a las condiciones del espacio”, agrega.
Desde el diseño de interacción, ¿Qué significa pensar una máquina como RC/CR?
“Es diseñar el diálogo entre una persona y un sistema: qué entiende, qué espera, qué hace y qué recibe de vuelta”, explica. Eso se traduce en decisiones concretas: dónde entra la cinta, hacia dónde gira, qué hacer frente a un atasco o cómo realizar una mantención.
¿Cuál es el principal aporte ambiental que podría generar RC/CR?
“El principal aporte es evitar que un polietileno técnicamente reciclable termine enterrado o quemado”, sostiene. RC/CR busca acondicionar el material para mejorar su manejo y facilitar que un mayor volumen pueda incorporarse a la cadena de reciclaje.
Sin embargo, Pulgar advierte que el impacto no depende únicamente de la máquina. La profesional destaca que “también importa la escala que pueda alcanzar su adopción y el destino final del material. Por eso trabajamos simultáneamente en la tecnología y en qué ocurre después con esa cinta de riego”.
¿Existe el riesgo de desarrollar una tecnología eficiente sin resolver qué ocurre posteriormente con ese material?
“Siempre existe ese riesgo”, reconoce. Por eso, el proyecto también busca cambiar la manera en que agricultores y agricultoras perciben ese residuo y las posibilidades de aprovechamiento que todavía puede tener. Durante el proyecto se desarrolló una herramienta manual para cortar cintas y se incorporaron talleres de tejido en los que ese material puede transformarse en objetos como paños o canastos.
“El objetivo es movilizar la idea de que el agricultor tiene agencia sobre ese material y generar una percepción de valor. No solamente pensando en otro mercado, sino también en posibilidades de reutilización dentro de su propio predio”, señala.
¿Qué necesita una buena idea tecnológica para transformarse en una innovación con impacto real?
“Una buena solución tiene que pensar desde el inicio en su adopción, tanto a baja como a gran escala”, sostiene Pulgar. Eso implica considerar el modelo de uso y de negocio, los costos, la disponibilidad de repuestos, la capacitación y las redes capaces de sostener la tecnología una vez terminado el proyecto.
“Volvemos al diseño de interacción. No basta con entregar un objeto o un sistema. También hay que generar las capacidades y los acuerdos necesarios para que pueda implementarse”.






